Sunday, July 13, 2025

El Mandamiento Está Cerca. La Compasión Es Real: Reflexión para el 15º Domingo del Tiempo Ordinario


Esta semana escuchamos una de las enseñanzas más poderosas y prácticas de los Evangelios: la parábola del Buen Samaritano. Pero antes de que Jesús nos cuente esa parábola, escuchamos dos mensajes igualmente importantes del Deuteronomio y de la Carta de San Pablo a los Colosenses — ambos nos anclan en la realidad de que la Palabra de Dios no está lejos. Está cerca. Está dentro de nosotros. La única pregunta es: ¿la viviremos?

En nuestra primera lectura, Moisés habla a un pueblo al borde de entrar en la Tierra Prometida. Él dice:

«Este mandamiento que te doy hoy no es demasiado misterioso ni está fuera de tu alcance… Está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón.»

Dios no está jugando a las escondidas con su voluntad. No nos está poniendo a prueba pidiéndonos cosas imposibles. Los mandamientos no están fuera de nuestro alcance — están escritos en nuestra conciencia, susurrados por la gracia, y se cumplen en el amor.

Es como si Moisés nos dijera: Ya sabes lo que debes hacer. Ahora hazlo.

San Pablo entonces dirige nuestra mirada a Cristo:

«Él es la imagen del Dios invisible… en Él todo subsiste.»

Este majestuoso himno en la Carta a los Colosenses nos recuerda que Jesús es más que un maestro sabio — Él es el centro del universo, Aquel por quien y para quien todo fue creado.

Pero mira de nuevo: este Cristo cósmico es también el Cristo crucificado, reconciliando todas las cosas por la sangre de su cruz. Su grandeza no está en el poder que impone, sino en el amor que se entrega. Y es precisamente ese amor el que estamos llamados a imitar.

Finalmente, llegamos al encuentro de Jesús con el maestro de la ley. El hombre quiere poner a prueba a Jesús, y eventualmente le pregunta:

«¿Y quién es mi prójimo?»

Esa pregunta sigue viva hoy. ¿Quién merece nuestro cuidado? ¿Quién cuenta como “mi gente”? ¿A quién puedo ignorar?

Jesús responde no con una definición, sino con una historia:

Un hombre queda tirado, golpeado, medio muerto. Dos figuras religiosas pasan. Conocen la Ley. Son respetados. Pero sus corazones no se mueven a la compasión.

Luego pasa un samaritano — un extranjero, un marginado, considerado impuro — y él es quien se detiene. Él es quien vierte vino y aceite sobre las heridas. Lo carga a un lugar seguro, paga por su cuidado y promete regresar.

Y Jesús termina con esto:

«Ve y haz tú lo mismo.»

Aquí está la conexión:

  • Moisés nos dice que la ley de Dios está escrita en nuestros corazones.

  • Pablo nos recuerda que Cristo está reconciliando todas las cosas en el amor.

  • Jesús nos muestra cómo se ve ese amor en la vida real.

Se ve como una persona que se detiene.

Que ve.

Que se sacrifica.

Que cruza fronteras por compasión.

Y ahí es donde esto nos toca a nosotros.

Ser católico, ser cristiano, no es solo cuestión de lo que creemos, sino de cómo amamos.

No se trata de cuántas veces vamos a misa, sino de cómo llevamos la misericordia de Cristo fuera de las puertas del templo.

Hay personas en nuestro mundo que están tiradas en las zanjas de la vida:

  • Un vecino en recuperación de una adicción.

  • Un adolescente luchando con la depresión.

  • Una familia refugiada buscando refugio.

  • Un compañero de trabajo abrumado por el dolor.

  • Alguien marginado a quien tal vez cruzamos la calle para evitar.

Jesús nos está preguntando: ¿Te detendrás? ¿Te importarás?

Hermanos y hermanas, la Palabra de Dios no está lejos de nosotros. No está encerrada en una iglesia ni enterrada en un libro de teología. Está en nuestro corazón. Está en nuestras manos. Está esperando a ser vivida.

No seamos aquellos que solo “conocen” el mandamiento. Seamos aquellos que lo viven.

Seamos los que ven a Cristo en el herido, en el marginado, en el que parece menos parecido a nosotros.

Escuchemos esas palabras de Jesús no como una sugerencia, sino como una misión:

«Ve y haz tú lo mismo.»

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