El sol se levanta en la mañana de Pascua, y con él llega una verdad que ha resonado a lo largo de los siglos: No está aquí, porque ha resucitado. El sepulcro está vacío, pero nuestros corazones están llenos.
En el Evangelio de hoy según San Juan (20,1–9), vemos a María Magdalena llegar al sepulcro cuando aún está oscuro—tanto literal como figurativamente. Ella está de luto, desorientada por el trauma de la crucifixión del viernes, y lo único que encuentra es una piedra removida y un cuerpo ausente. Corre a contarle a Pedro y al discípulo amado, y los tres se embarcan en una búsqueda casi frenética—no solo del cuerpo de Jesús, sino también de un sentido, de esperanza, de algo firme en medio del torbellino de la pérdida.
Lo que me llama la atención en este pasaje es la sutileza del momento de la Resurrección. No hay trompetas, ni una teofanía dramática, ni una voz retumbante desde el cielo. Solo lienzos funerarios doblados y una ausencia. Y, de algún modo, eso basta. El discípulo amado ve el vacío—y cree. ¿Qué es lo que cree? El texto no lo detalla. Pero hay un cambio silencioso en el corazón. Una realización que comienza a surgir: tal vez la muerte no tuvo la última palabrPablo, en la segunda lectura de la carta a los Colosenses (3,1–4), nos invita a entrar en ese cambio: “Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios.” La Pascua no es solo un evento del pasado para conmemorar, sino una realidad presente que debemos vivir. La Resurrección no es solo la historia de Jesús—también es la nuestra. Si hemos muerto con Él en nuestros pequeños sacrificios diarios, en nuestros desapegos, en nuestras luchas por amar—entonces también hemos resucitado con Él a algo nuevo.
Y no olvidemos la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (10,34a.37–43), donde Pedro, el que antes negó con miedo, ahora es un proclamador valiente: “Nosotros somos testigos.” Él cuenta la historia no desde la distancia, sino como alguien que ha visto las heridas y el asombro. Su valentía nos recuerda que la fe en la Resurrección no es privada—es algo que estamos llamados a vivir con valentía y en voz alta.
Así que esta mañana, ya sea que nos sintamos como María—confundidos y en búsqueda—o como el discípulo amado—creyendo en silencio en algo que aún no comprendemos del todo—somos invitados a entrar en la Resurrección. A vivir una esperanza que perdura incluso cuando las señales son sutiles. A experimentar una alegría que no niega el sufrimiento, sino que lo transforma.
El sepulcro está vacío. Pero la gracia está en todas partes.

No comments:
Post a Comment