En el Viernes Santo, permanecemos en solemne asombro ante el misterio del sufrimiento de Cristo. La Pasión no es solo una historia que recordamos—es una verdad en la que entramos. Nos recuerda que el amor no siempre es suave ni fácil. A veces, el amor sangra. Se rompe. Se dobla bajo el peso del pecado, el dolor y el rechazo del mundo.
Hoy contemplamos a Jesús—totalmente divino, totalmente humano—quien eligió el camino del sacrificio no con truenos ni rescates dramáticos, sino con silencio, entrega y misericordia. No retrocedió ante el dolor. No se protegió de la injusticia. Lo asumió todo, lo absorbió en Su propio cuerpo, y respondió no con venganza, sino con perdón.
Este no es el amor de las tarjetas bonitas ni de los sentimientos fáciles. Es un amor que se ensucia las manos. Un amor que se arrodilla en el jardín y llora. Un amor traicionado por amigos, escupido por extraños y colgado entre criminales—y que aún así dice: “Padre, perdónalos.”
El peso de la Pasión no es solo físico; es espiritual, emocional, cósmico. Jesús carga con las cargas de cada corazón humano: nuestra soledad, nuestros remordimientos, nuestro sufrimiento, nuestros miedos. En Sus heridas no vemos derrota—vemos la cruda y hermosa verdad de un amor que se niega a alejarse de nosotros.
Y así, hoy no corremos. No saltamos hacia la tumba vacía. Nos quedamos aquí, solo por un momento, al pie de la cruz. Dejamos que el dolor hable. Permitimos que el silencio se extienda. Dejamos que el misterio penetre en lo más profundo.
Porque es en este dolor donde comienza la sanación. En esta oscuridad, aprendemos a confiar en que Dios sigue obrando—aun cuando todo parece perdido. El Viernes Santo no nos ofrece respuestas fáciles; nos ofrece la Cruz, el signo más claro de que no estamos solos en nuestro sufrimiento. El amor está aquí. Siempre lo ha estado.
Mientras avanzas en tu día, preguntémonos…
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¿Qué parte de la Pasión de Cristo habla más profundamente a las cargas que llevo en mi propia vida?
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¿Cómo puedo permitir que este día doloroso se convierta en un espacio sagrado para la sanación—sin adelantarme apresuradamente a la Pascua?
Espero que tomes un momento para reflexionar sobre estas preguntas y que este Viernes Santo sea para ti un momento de renovación silenciosa—que te acerque suavemente a la luz y a la promesa de la Pascua.
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