Saturday, March 8, 2025

Perdidos y Encontrados: Confiando en el Rescate del Padre

Había un niño que amaba jugar al aire libre.

Una tarde, se alejó demasiado de casa y se encontró en un bosque denso. Al principio, estaba emocionado por la aventura, pero cuando el sol comenzó a ponerse, el miedo se apoderó de él. Los árboles parecían más altos, las sombras más oscuras y los caminos familiares desaparecieron. Gritó pidiendo ayuda, pero nadie respondió. Solo y asustado, recordó algo que su padre le había dicho una vez: “Cuando estés perdido, detente, escucha y confía en que te encontraré.”

Así que, en lugar de correr sin rumbo, se sentó, cerró los ojos y esperó. Los minutos parecían horas, pero entonces escuchó pasos. Su padre lo había estado buscando y, cuando lo encontró, lo envolvió en un fuerte abrazo y le dijo: “Te dije que vendría.”

Esta historia refleja nuestro camino cuaresmal. A menudo nos encontramos vagando—perdidos espiritualmente, distraídos por las tentaciones o agobiados por nuestras luchas. Sin embargo, las lecturas de hoy nos recuerdan que Dios siempre escucha nuestro clamor y viene a rescatarnos.

En las lecturas de esta semana para la Primer Semana de Cuaresma, comenzando con Deuteronomio 26:4-10, los israelitas recuerdan su propio viaje de extravío—esclavizados en Egipto, sufriendo bajo la opresión. Pero clamaron a Dios, y Él respondió. Con mano poderosa, los condujo a la libertad, guiándolos a una tierra que fluye leche y miel. En gratitud, ofrecen los primeros frutos de su cosecha, reconociendo que todo lo que tienen es un regalo de Dios. La Cuaresma nos invita a hacer lo mismo: reconocer cómo Dios nos ha rescatado y responder con gratitud y confianza.

En Romanos 10:8-13, San Pablo nos recuerda que la salvación está cerca, que “la palabra está en tu boca y en tu corazón.” El camino a la libertad no es solo externo, sino también interno. Se trata de creer en la presencia de Dios, confesar nuestra fe y confiar en que todo aquel que invoque su nombre será salvado. Como el niño perdido en el bosque, no tenemos que correr sin rumbo. Solo debemos detenernos, escuchar y confiar en que Dios está cerca.

Y luego, en Lucas 4:1-13, caminamos con Jesús al desierto, donde ayuna y enfrenta la tentación. El diablo le ofrece comodidad, poder y control, pero Jesús se niega. No confía en su propia fuerza, sino en la Palabra de Dios. Este es nuestro desafío también. La Cuaresma es nuestro tiempo en el desierto, un tiempo para reconocer nuestras debilidades, resistir las tentaciones y depender completamente de Dios.

Entonces, ¿dónde nos encontramos hoy? ¿Estamos perdidos, vagando por las luchas de la vida? ¿Realmente creemos que Dios está cerca, escuchando nuestro clamor? ¿Estamos listos para resistir la tentación, no con nuestra propia fuerza, sino aferrándonos a la Palabra de Dios?

Como el niño en el bosque, debemos detenernos, escuchar y confiar en que nuestro Padre nos encontrará. Y cuando lo haga, nos abrazará y nos recordará: “Te dije que vendría.”

Que esta Primer Semana de Cuaresma sea un tiempo de confianza, renovación y una fe más profunda. ¡Que tengan una excelente semana!

Lost and Found: Trusting in the Father’s Rescue

There was a young boy who loved to play outside. One afternoon, he wandered too far from home and found himself in a dense forest. At first, he was excited by the adventure, but as the sun began to set, fear crept in. The trees looked taller, the shadows darker, and the familiar paths seemed to disappear. He called out for help, but no one answered. Alone and afraid, he remembered something his father had once told him: “When you are lost, stop, listen, and trust that I will find you.”

So, instead of running aimlessly, he sat down, closed his eyes, and waited. Minutes felt like hours, but then he heard footsteps. His father had been searching for him, and when he found him, he wrapped him in a tight embrace and said, “I told you I would come.”


This story mirrors our Lenten journey. We often find ourselves wandering—spiritually lost, distracted by temptations, or burdened by our struggles. Yet, today’s readings remind us that God always hears our cries and comes to our rescue.

In this week's readings for the First Week of Lent starting with (Deuteronomy 26:4-10), the Israelites recall their own journey of being lost—enslaved in Egypt, suffering under oppression. But they called out to God, and He answered. With a mighty hand, He led them to freedom, guiding them to a land flowing with milk and honey. In gratitude, they offer the first fruits of their harvest, acknowledging that everything they have is a gift from God. Lent invites us to do the same—to recognize how God has rescued us and respond with gratitude and trust.

In Romans 10:8-13, St. Paul reminds us that salvation is near, that “the word is in your mouth and in your heart.” The journey to freedom is not just external but internal. It is about believing in God’s presence, confessing our faith, and trusting that everyone who calls upon Him will be saved. Like the lost boy in the forest, we don’t have to run aimlessly. We only need to stop, listen, and trust that God is near.

And then, in Luke 4:1-13, we walk with Jesus into the desert, where He fasts and faces temptation. The devil offers Him comfort, power, and control—but Jesus refuses. He does not rely on His own strength but on the Word of God. This is our challenge too. Lent is our time in the desert, a time to recognize our weaknesses, to resist temptations, and to rely fully on God.

So, where do we find ourselves today? Are we lost, wandering through life’s struggles? Do we truly believe that God is near, listening to our cries? Are we ready to resist temptation, not by our own strength, but by clinging to God’s word?

Like the boy in the forest, we must stop, listen, and trust that our Father will find us. And when He does, He will embrace us, reminding us, “I told you I would come.”

May this First week of Lent be a time of trust, renewal, and deepened faith. Have a great Week! 

Wednesday, March 5, 2025

Reflexión del Miércoles de Ceniza: “Vuelvan a Mí de Todo Corazón”


Hoy, al recibir las cenizas en nuestra frente, escuchamos las palabras: “Conviértanse y crean en el Evangelio”, o “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás.” Estas palabras no están destinadas a desanimarnos, sino a recordarnos la fugacidad de esta vida y la importancia eterna de nuestra relación con Dios.

Las lecturas de hoy marcan el inicio de nuestro camino cuaresmal. El profeta Joel nos llama a volver al Señor con todo el corazón, no solo con señales externas de arrepentimiento, sino con una verdadera conversión interior: “Desgarren su corazón, no sus vestiduras.” Es una invitación personal de Dios, un llamado a mirar dentro de nosotros, reconocer dónde nos hemos alejado y volver a Él con sinceridad.

San Pablo, en su carta a los Corintios, nos dice que ahora es el momento oportuno para reconciliarnos con Dios. Nos recuerda que Cristo tomó sobre sí nuestros pecados para que pudiéramos ser restaurados a la justicia. No hay necesidad de esperar el momento perfecto; hoy—este mismo instante—es el día para volver a Dios.

Jesús, en el Evangelio de Mateo, nos advierte contra las expresiones externas de fe que buscan la aprobación de los demás. Nos llama a una fe que sea auténtica, personal y enraizada en nuestra relación con el Padre. Nuestro ayuno, oración y limosna no deben ser actos para aparentar santidad, sino oportunidades para permitir que Dios transforme nuestro corazón en lo más profundo y oculto de nuestra alma.

La Cuaresma es un viaje—no de apariencia externa, sino de renovación interior. Es un tiempo para dejar de lado distracciones y hacer espacio para que Dios obre en nosotros. Al comenzar esta temporada sagrada, establezcamos tres metas realistas para guiar nuestro camino cuaresmal:

Tres Metas para la Cuaresma

1. Profundizar la Oración de Manera Personal

Dedica un tiempo intencional cada día para la oración en silencio, ya sea en la mañana, durante el almuerzo o antes de dormir.

Lee un pasaje de la Escritura diariamente, tal vez reflexionando sobre los Salmos o los Evangelios.

Ora por alguien en particular cada día, especialmente por aquellos que necesitan sanación o reconciliación.

2. Ayunar con Propósito

Identifica un hábito o apego que te aleje de Dios y comprométete a ayunar de ello.

Evita distracciones como el uso excesivo de redes sociales, el chisme o el consumo de entretenimiento poco saludable.

En lugar de solo renunciar a algo, sustitúyelo con algo que fortalezca tu fe—pasar más tiempo con la familia, hacer voluntariado o practicar la gratitud.

3. Practicar la Limosna con un Corazón Generoso

Busca formas de servir a los demás de manera significativa—ayudar a un vecino, apoyar una causa benéfica o simplemente estar presente para alguien que sufre.

En lugar de solo donar dinero, ofrece tu tiempo y atención a aquellos que se sienten olvidados.

Realiza pequeños actos de bondad diariamente, ofreciéndolos como un regalo a Dios.

Al comenzar esta temporada de gracia, volvamos verdaderamente al Señor con todo nuestro corazón. Que nuestra oración, ayuno y limosna no sean meras rutinas, sino actos de amor que nos acerquen más a Dios y a los demás.

Que esta Cuaresma sea un tiempo de renovación, sanación y fe más profunda.

Amén.

Return to Me with Your Whole Heart, An Ash Wednesday Lent Reflection


Today, as we receive the ashes on our foreheads, we hear the words: “Repent, and believe in the Gospel,” or “Remember that you are dust, and to dust you shall return.” These words are not meant to discourage us, but to remind us of the fleeting nature of this life and the eternal significance of our relationship with God.

The readings for today set the tone for our Lenten journey. The prophet Joel calls us to return to the Lord with our whole hearts, not with mere external signs of repentance, but with true interior conversion: “Rend your hearts, not your garments.” This is a personal invitation from God—a call to look within, to recognize where we have strayed, and to return to Him with sincerity.

In his letter to the Corinthians, St. Paul tells us that now is the acceptable time to be reconciled to God. He reminds us that Christ took on our sins so that we could be restored to righteousness. There is no need to wait for a perfect moment; today—this very moment—is the day to turn back to God.

Jesus, in the Gospel of Matthew, warns us against outward displays of faith that seek human approval. He calls us to a faith that is genuine, personal, and rooted in our relationship with the Father. Our fasting, prayer, and almsgiving are not about appearing holy, but about allowing God to transform our hearts in the hidden, quiet places of our souls.

Lent is a journey—not of outward performance but of inner renewal. It is a time to strip away distractions and make room for God to work in us. As we begin this sacred season, let us set three realistic goals to guide our Lenten journey:

1. Deepen Prayer in a Personal Way

Set aside intentional time each day for quiet prayer, whether in the morning, during lunch, or before bed.

Read a passage from Scripture daily, perhaps reflecting on the Psalms or the Gospels.

Pray for someone specific each day, especially those in need of healing or reconciliation.

2. Fast with Purpose

Identify one habit or attachment that creates distance between you and God, and commit to fasting from it.

Avoid distractions like excessive social media, gossip, or unhealthy entertainment consumption.

Instead of just giving something up, replace it with something that nourishes your faith—spending time with family, volunteering, or practicing gratitude.

3. Practice Almsgiving with a Generous Heart

Look for ways to serve others in meaningful ways—helping a neighbor, supporting a charity, or simply being present for someone who is struggling.

Instead of just donating money, give of your time and attention to those who feel forgotten.

Perform small acts of kindness daily, offering them as a gift to God.

    As we begin this season of grace, let us truly return to the Lord with our whole hearts. May our prayer, fasting, and almsgiving not be mere routines but acts of love that draw us closer to God and to one another.

May this Lent be a time of renewal, healing, and deeper faith.


Sunday, March 2, 2025

La vida revela quiénes somos realmente: Una Reflexión sobre el 8º Domingo del Tiempo Ordinario


La vida tiene una manera de revelar quiénes somos en verdad. La forma en que respondemos a los desafíos, las palabras que pronunciamos en momentos de frustración, las actitudes que adoptamos cuando las cosas no salen como esperamos… todas ellas son ventanas a nuestro corazón. Las lecturas de hoy nos recuerdan que lo que desborda de nuestro interior—ya sea bueno o malo—refleja la disposición de nuestra alma.

El libro de Sirácide nos ofrece una imagen vívida: “Cuando se agita el tamiz, aparecen las impurezas”. Así como las impurezas salen a la luz cuando se sacude un tamiz, de la misma manera, nuestras verdaderas disposiciones quedan al descubierto cuando la vida nos pone a prueba. Es fácil mostrar amabilidad y paciencia cuando todo marcha bien, pero cuando estamos bajo presión, ¿hablamos con dulzura o con amargura? ¿Nuestras palabras reflejan un corazón lleno de gracia, o revelan resentimiento, orgullo o frustración?

Jesús amplía esta enseñanza en el Evangelio de hoy, recordándonos que un árbol se conoce por sus frutos. Si nuestro corazón está lleno de amor, misericordia y humildad, nuestras acciones y palabras reflejarán esa bondad. Pero si nuestro corazón está cargado de egoísmo, ira o juicio, lo que producimos revelará la verdad sobre nuestra vida interior. Jesús también nos advierte contra la hipocresía, exhortándonos a ver primero la “viga” en nuestro propio ojo antes de señalar la “astilla” en el ojo del otro.

Esta es una lección que todos necesitamos escuchar. En nuestra vida cotidiana, a menudo es más fácil reconocer las fallas de los demás que examinar nuestro propio corazón. Podemos ser rápidos para corregir a un amigo, un compañero de trabajo o incluso un familiar, pero lentos para reconocer nuestras propias debilidades. Jesús no nos dice que ignoremos los errores de los demás, sino que comencemos con nosotros mismos. Solo cuando permitimos que Dios sane y transforme nuestro corazón, podemos guiar a los demás con amor en lugar de juicio.

San Pablo nos recuerda dónde comienza esta transformación: en Cristo, quien nos da la victoria sobre el pecado y la muerte. No cambiamos solo por fuerza de voluntad, sino al rendir nuestro corazón a Él. Cuando permitimos que la gracia de Dios obre en nosotros, comenzamos a dar buenos frutos, no por obligación, sino como el resultado natural de un corazón formado por el amor.

Entonces, ¿cómo podemos cultivar un corazón que dé buenos frutos?

Podemos Examinar nuestro corazón diariamente – Al final de cada día, reflexionemos sobre nuestras palabras y acciones. ¿Hablamos de manera que edificamos a los demás o los desanimamos? ¿Reaccionamos con paciencia o con frustración? Reconocer nuestros hábitos nos ayuda a ser más conscientes del estado de nuestro corazón.

O podemos Permanecer arraigados en los sacramentos – La Eucaristía nos nutre con la vida misma de Cristo, y el Sacramento de la Reconciliación elimina los obstáculos que impiden nuestro crecimiento. Si deseamos dar buenos frutos, debemos permanecer conectados a la fuente de la gracia.

Podemos Vivir con humildad y misericordia – Cuando realmente reconocemos nuestra necesidad de la misericordia de Dios, nos volvemos más pacientes con los demás. En lugar de juzgar, buscamos comprender. En lugar de condenar, acompañamos a los demás en su camino.

Esta semana, pidamos a Dios que purifique nuestro corazón, para que nuestras palabras y acciones reflejen siempre su amor. Que nuestras vidas den buenos frutos, no para nuestra propia gloria, sino para que otros puedan encontrar a Cristo a través de nosotros.

¡Que tengan una excelente semana! ¡Nos vemos el Miércoles de Ceniza! Y recuerden, oren por mí, así como yo estaré orando por todos ustedes. 

“The Fullness of the Heart” a Reflection on the 8th Sunday in Ordinary Time


Life has a way of revealing who we truly are. The way we respond to challenges, the words we speak in frustration, the attitudes we carry when things do not go our way—these are all windows into our hearts. Today’s readings remind us that what overflows from within us—whether good or bad—reflects the disposition of our souls.

The Book of Sirach gives us a vivid image: “When a sieve is shaken, the husks appear.” Just as impurities surface when a sieve is shaken, so too do our true dispositions when life tests us. It is easy to show kindness and patience when all is well, but when we are under pressure, do we speak with gentleness or with bitterness? Do our words reflect a heart filled with grace, or do they reveal resentment, pride, or frustration?

Jesus expands on this teaching in today’s Gospel, reminding us that a tree is known by its fruit. If our hearts are filled with love, mercy, and humility, our actions and words will reflect that goodness. But if our hearts are cluttered with selfishness, anger, or judgment, then what we produce will reveal the truth about our inner lives. Jesus also warns against hypocrisy, urging us to address the “wooden beam” in our own eye before pointing out the “splinter” in another’s.

This is a lesson we all need to hear. In our daily lives, it is often easier to recognize the shortcomings of others than to examine our own hearts. We may be quick to correct a friend, a coworker, or even a family member, yet slow to acknowledge our own weaknesses. Jesus does not tell us to ignore the faults of others, but rather to begin with ourselves. Only when we allow God to heal and transform us can we effectively guide others with love instead of judgment.

St. Paul reminds us where this transformation begins: through Christ, who gives us victory over sin and death. We do not change by mere willpower alone but by surrendering our hearts to Him. When we allow God’s grace to work within us, we begin to bear good fruit—not by force, but by the natural outpouring of a heart formed by love.

So, how can we cultivate hearts that bear good fruit?

We could Examine our Heart Daily – At the end of each day, reflect on your words and actions. Did you speak in a way that uplifted or discouraged others? Did you react with patience or frustration? Recognizing our habits helps us become more mindful of the state of our hearts.

We could Remain Rooted in the Sacraments – The Eucharist nourishes us with Christ’s very life, and the Sacrament of Reconciliation clears away what prevents us from growing. If we desire to bear good fruit, we must remain connected to the source of grace.

And we could  Live with Humility and Mercy – When we truly recognize our own need for God’s mercy, we become more patient with others. Instead of judging, we seek to understand. Instead of condemning, we accompany others on their journey.

This week, let us ask God to purify our hearts, so that our words and actions may always reflect His love. May our lives bear good fruit—not for our own glory, but so that others may encounter Christ through us.

Have a great Week!  See you on Ash Wednesday!  Remember, pray for me as I will be praying for all of you!

Reflexión para la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos (Día de los Muertos)

    Hoy, la Iglesia se detiene en silenciosa reverencia para recordar a todos los fieles difuntos — no sólo a los santos cuyos nombres ...