En este Tercer Domingo de Adviento, Domingo de Gaudete, somos llamados con alegría a reflexionar sobre el profundo tema de nuestras lecturas: la aspiración hacia la perfecta santidad. Isaías, en nuestra primera lectura, habla de una promesa transformadora de Dios. Esto no es simplemente un mensaje de esperanza; es una declaración de la intención de Dios de elevarnos de nuestro estado de desesperación a una estatura de dignidad divina. No solo somos elevados de nuestras penas; somos coronados con realeza espiritual.
En un giro inusual pero conmovedor, nuestro Salmo Responsorial proviene del Evangelio de Lucas: el Magnificat de María. Este hermoso himno es una expresión sincera de alegría y gratitud, reconociendo la misericordia y grandeza de Dios. Las palabras de María sirven como un recordatorio de la alegría que surge cuando reconocemos la obra de Dios en nuestras vidas. En el Evangelio de esta semana nos lleva a la figura de Juan el Bautista, el heraldo de Cristo. El papel de Juan, preparando el camino para Jesús, es un recordatorio de nuestro propio llamado a preparar nuestros corazones para el Señor. Él es la encarnación de la perfecta santidad a la que todos estamos llamados a buscar. Las lecturas de hoy plantean una pregunta vital para cada uno de nosotros:
¿Estamos conformes con la simple 'bondad', o nos esforzamos por la perfecta santidad a la que Dios nos llama?
Esto no se trata de ser 'mejores' que los demás; se trata de abrazar la plenitud de la santidad que Dios ofrece. Isaías lo deja claro: el plan de Dios es transformar nuestras vidas de un estado de quebranto a uno de gloriosa santidad, una transformación posible a través de nuestra relación con Jesucristo. Sin embargo, abrazar este llamado no está exento de desafíos. Nos exige abandonar la complacencia, superar el pecado y comprometer nuestras vidas completamente a Dios. Las exhortaciones de San Pablo a alegrarse, orar y estar agradecidos no son solo sugerencias espirituales; son acciones esenciales que abren nuestros corazones a la gracia transformadora de Dios. Mientras continuamos nuestro viaje a través del Adviento, reflexionemos:
- ¿En qué aspectos de nuestras vidas nos estamos conformando con ser 'suficientemente buenos' en lugar de aspirar a la santidad que Dios ofrece?
- ¿Qué nos impide abrazar plenamente este llamado divino?
Aquí hay un desafío para todos nosotros esta semana:
Identifica un área de tu vida donde la mediocridad espiritual haya tomado el control. Comprométete a una acción concreta que te acerque más a la perfecta santidad que Dios desea para ti. Podría ser profundizar tu vida de oración, realizar actos de bondad o buscar la reconciliación donde haya discordia.
Cerremos en oración:
Señor, guíanos a través de esta temporada de Adviento con corazones abiertos a Tu llamado. Que nosotros, como María, nos alegremos en Tu bondad, y, como San Pablo, busquemos continuamente Tu presencia en nuestras vidas. Ayúdanos a reconocer y abrazar la plenitud de la santidad a la que nos llamas.
Amén
¡Que tengan una excelente semana de Adviento! Por favor, continúen orando por mí, como yo estaré orando por todos ustedes.





