Hoy, la Iglesia se detiene en silenciosa reverencia para recordar a todos los fieles difuntos — no sólo a los santos cuyos nombres brillan en vitrales, sino también a todos aquellos que nos han precedido, muchas veces en silencio, con fidelidad y con amor. Recordamos a los padres y madres, hijos e hijas, amigos y pastores — a todos los que han caminado por este sendero de la vida y que ahora descansan en las manos misericordiosas de Dios.
En mi ministerio como capellán de hospicio, he llegado a ver cómo se hace viva esta verdad del libro de la Sabiduría 3:
“Las almas de los justos están en las manos de Dios,
y ningún tormento las alcanzará.”
Junto al lecho de aquellos que se preparan para encontrarse con el Señor, he visto una paz que desafía toda explicación — una quietud que no llega porque la vida termina, sino porque la vida se cumple plenamente. He sido testigo de familias reunidas con lágrimas, oraciones y despedidas susurradas, y he sentido ese intercambio sagrado cuando el cielo se inclina con ternura para recibir un alma. Cada uno de esos momentos me recuerda que la muerte no tiene la última palabra — el amor sí la tiene.
La lectura de la carta a los Romanos nos asegura que “la esperanza no defrauda.” Esa esperanza es la que sostiene a las familias que lloran y a quienes servimos en estos espacios sagrados de despedida. Es la esperanza de que la misericordia de Dios va más allá de nuestros pecados y temores — de que, por la muerte y resurrección de Cristo, la reconciliación ya no es una idea, sino una promesa cumplida.
Y en el Evangelio, Jesús dice:
“No perderé nada de lo que el Padre me ha dado,
sino que lo resucitaré en el último día.”
Ése es el corazón del Día de los Fieles Difuntos — la convicción de que nadie es olvidado ante los ojos de Dios. Cada alma importa. Cada vida — sin importar su duración o fragilidad — es acogida en Su misericordia.
Hoy recuerdo a mi hijo, cuya ausencia aún duele, pero cuyo amor sigue moldeando mi corazón. Recuerdo a mi padre, quien partió hace un año, y cuya voz y presencia siguen vivas en mis oraciones. Recuerdo a mi madre, cuya fe me enseñó el lenguaje del amor y del perdón. Recuerdo también a el padre Roberto McGlinn, mi mentor y padre espiritual, cuya sabiduría y sentido del humor encendieron en mí el llamado a servir. Su corazón sacerdotal me enseñó que servir a Dios es caminar de cerca con Su pueblo — especialmente con los olvidados y los que sufren. Aunque él ya ha partido, su ejemplo sigue inspirándome cada vez que estoy junto a una cama de hospital, una familia en duelo o una comunidad reunida en oración.
Y recuerdo a todos los pacientes que he tenido el privilegio de acompañar en el hospicio — aquellos cuyas manos he sostenido, cuyas oraciones he susurrado y cuyas familias he consolado. Cada uno de ellos me ha enseñado algo eterno: que el velo entre la vida y la muerte es delgado, y que al otro lado de ese velo no hay oscuridad, sino luz — la luz del rostro de Cristo, Aquel que prometió resucitarnos en el último día.
Por eso, hoy oramos no sólo por los que han muerto, sino también por nuestros propios corazones — para que vivamos con una fe que ve más allá de las lágrimas, que cree en medio de la pérdida, y que confía, como dice la Sabiduría, que “la gracia y la misericordia están con sus santos, y su cuidado con sus elegidos.”
Que las almas de todos los fieles difuntos,
por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén.



Four years have now passed since the untimely death of Andre Sandoval, yet his life and legacy continue to shine. At his memorial Mass, I reminded everyone that we were not gathered simply in sorrow, but in gratitude—gratitude for a life short in years, but rich in faith, love, and service.




