Sunday, November 2, 2025

Reflexión para la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos (Día de los Muertos)

 

 

Hoy, la Iglesia se detiene en silenciosa reverencia para recordar a todos los fieles difuntos — no sólo a los santos cuyos nombres brillan en vitrales, sino también a todos aquellos que nos han precedido, muchas veces en silencio, con fidelidad y con amor. Recordamos a los padres y madres, hijos e hijas, amigos y pastores — a todos los que han caminado por este sendero de la vida y que ahora descansan en las manos misericordiosas de Dios.

En mi ministerio como capellán de hospicio, he llegado a ver cómo se hace viva esta verdad del libro de la Sabiduría 3:

“Las almas de los justos están en las manos de Dios,
y ningún tormento las alcanzará.”

Junto al lecho de aquellos que se preparan para encontrarse con el Señor, he visto una paz que desafía toda explicación — una quietud que no llega porque la vida termina, sino porque la vida se cumple plenamente. He sido testigo de familias reunidas con lágrimas, oraciones y despedidas susurradas, y he sentido ese intercambio sagrado cuando el cielo se inclina con ternura para recibir un alma. Cada uno de esos momentos me recuerda que la muerte no tiene la última palabra — el amor sí la tiene.

La lectura de la carta a los Romanos nos asegura que “la esperanza no defrauda.” Esa esperanza es la que sostiene a las familias que lloran y a quienes servimos en estos espacios sagrados de despedida. Es la esperanza de que la misericordia de Dios va más allá de nuestros pecados y temores — de que, por la muerte y resurrección de Cristo, la reconciliación ya no es una idea, sino una promesa cumplida.

Y en el Evangelio, Jesús dice:

“No perderé nada de lo que el Padre me ha dado,
sino que lo resucitaré en el último día.”

Ése es el corazón del Día de los Fieles Difuntos — la convicción de que nadie es olvidado ante los ojos de Dios. Cada alma importa. Cada vida — sin importar su duración o fragilidad — es acogida en Su misericordia.

Hoy recuerdo a mi hijo, cuya ausencia aún duele, pero cuyo amor sigue moldeando mi corazón. Recuerdo a mi padre, quien partió hace un año, y cuya voz y presencia siguen vivas en mis oraciones. Recuerdo a mi madre, cuya fe me enseñó el lenguaje del amor y del perdón. Recuerdo también a el padre Roberto McGlinn, mi mentor y padre espiritual, cuya sabiduría y sentido del humor encendieron en mí el llamado a servir. Su corazón sacerdotal me enseñó que servir a Dios es caminar de cerca con Su pueblo — especialmente con los olvidados y los que sufren. Aunque él ya ha partido, su ejemplo sigue inspirándome cada vez que estoy junto a una cama de hospital, una familia en duelo o una comunidad reunida en oración.

Y recuerdo a todos los pacientes que he tenido el privilegio de acompañar en el hospicio — aquellos cuyas manos he sostenido, cuyas oraciones he susurrado y cuyas familias he consolado. Cada uno de ellos me ha enseñado algo eterno: que el velo entre la vida y la muerte es delgado, y que al otro lado de ese velo no hay oscuridad, sino luz — la luz del rostro de Cristo, Aquel que prometió resucitarnos en el último día.


Por eso, hoy oramos no sólo por los que han muerto, sino también por nuestros propios corazones — para que vivamos con una fe que ve más allá de las lágrimas, que cree en medio de la pérdida, y que confía, como dice la Sabiduría, que “la gracia y la misericordia están con sus santos, y su cuidado con sus elegidos.”

Que las almas de todos los fieles difuntos,

por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén.


Reflection for the Commemoration of All the Faithful Departed (All Souls Day)


Today, the Church pauses in quiet reverence to remember all the faithful departed — not just the saints whose names shine in stained glass, but all those who have gone before us, often quietly, faithfully, and lovingly. We remember the fathers and mothers, sons and daughters, friends and shepherds — all who have walked this journey of life and now rest in the merciful hands of God.

In my ministry as a hospice chaplain, I have come to see this truth of Wisdom 3 come alive:

“The souls of the just are in the hand of God, and no torment shall touch them.”

At the bedside of those preparing to meet the Lord, I have seen a peace that defies explanation — a stillness that settles not because life has ended, but because life is being fulfilled.  I have witnessed families gather with tears, prayers, and whispered goodbyes, and I have felt that sacred exchange when heaven gently leans down and receives a soul.  Each of those moments reminds me that death does not have the final word — love does.

The reading from Romans assures us that “hope does not disappoint.” That hope is what sustains families who grieve and those of us who minister in these sacred spaces of farewell.  It is the hope that God’s mercy reaches beyond our sins and fears — that through Christ’s death and resurrection, reconciliation is no longer a concept, but a promise fulfilled.

And in the Gospel, Jesus says:

“I shall not lose anything of what the Father has given me, but I shall raise it on the last day.”

That is the heart of All Souls Day — the conviction that no one is forgotten in God’s sight.  Every soul matters.  Every life — no matter how long or short, no matter how broken or whole — is gathered in His mercy.

Today, I remember my son, whose absence still aches but whose love continues to shape me. I remember my father, who passed a year ago, and whose voice and presence remain alive in my prayers. I remember my mother, whose faith taught me the language of love and forgiveness. I remember Fr. Roberto McGlinn, my mentor and spiritual father, whose wisdom and humor ignited my own call to serve. His priestly heart taught me that to serve God is to walk closely with His people — especially the forgotten and the suffering. Though he has gone before us, his example continues to inspire me every time I stand beside a hospital bed, a grieving family, or a parish community in prayer.

And I remember all the patients I have been privileged to serve in hospice care — those whose hands I have held, whose prayers I have whispered, whose families I have comforted.  Each of them has taught me something eternal: that the veil between life and death is thin, and on the other side of that veil is not darkness, but light — a light that is the face of Christ, the One who promised to raise us up on the last day.

So, we pray today not only for those who have died, but for our own hearts — that we may live with the kind of faith that sees through tears, that believes through loss, and that trusts, as Wisdom says, that “grace and mercy are with His holy ones, and His care is with His elect.”

May the souls of all the faithful departed —

through the mercy of God — rest in peace. Amen.

Reflexión para la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos (Día de los Muertos)

    Hoy, la Iglesia se detiene en silenciosa reverencia para recordar a todos los fieles difuntos — no sólo a los santos cuyos nombres ...