Hoy celebramos la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo—Corpus Christi—una fiesta que nos lleva al corazón de lo que significa ser católico. En el centro de nuestra fe no hay solo una doctrina o un símbolo, sino un misterio vivo: Jesucristo verdaderamente presente—Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad—en la Eucaristía. No es un recuerdo del pasado, sino el Señor que está presente aquí y ahora.
En el Evangelio de Lucas, Jesús contempla a la multitud hambrienta. Los discípulos son prácticos: “Despídelos para que vayan a buscar comida.” Pero Jesús responde con algo más desafiante:
“Denles ustedes de comer.”
Y con cinco panes y dos pescados, Él bendice, parte y reparte—acciones que resuenan desde la Última Cena hasta cada Misa. En este milagro, vislumbramos la esencia de la Eucaristía: Cristo nos alimenta no solo con pan, sino con Él mismo.
En nuestra segunda lectura, San Pablo nos lleva al Cenáculo:
“Este es mi cuerpo… Esta es mi sangre… Hagan esto en memoria mía.”
La Eucaristía no es solo un memorial; es un encuentro vivo. Cada vez que nos acercamos al altar, el cielo toca la tierra. Recibimos a Aquel que lo dio todo por nosotros—y a cambio, somos llamados a entregarnos por los demás.
Una Eucaristía para los Olvidados
Este llamado a ser alimentados y alimentar ha tomado un significado más profundo para mí a través de mi ministerio en el Centro Correccional Juvenil de Racine. Cada viernes por la noche, después del trabajo, me dirijo allí para reunirme con un grupo de jóvenes—muchos de apenas 17 o 18 años. Tienen hambre, no solo de comida o libertad, sino de esperanza, sanación y pertenencia.
Comenzamos con un servicio simple de Comunión, compartiendo la Palabra de Dios y el Cuerpo de Cristo, seguido de estudio bíblico y conversación. Y en ese “lugar desierto” que es la prisión, soy testigo de milagros. Caen lágrimas durante la consagración. Surgen sonrisas cuando escuchan, quizás por primera vez, que son amados incondicionalmente, que Dios no los ha olvidado, que aún tienen un lugar en la Mesa.
La Eucaristía no está reservada para los perfectos. Alimenta al hambriento. Al pecador. Al que busca. Al hijo pródigo. Y cuando decimos “Amén,” estamos diciendo sí a convertirnos en el Cuerpo de Cristo—aunque sea en las prisiones, incluso en los rincones olvidados del mundo.
Ecos del Antiguo Testamento
Nuestra primera lectura nos presenta a Melquisedec, un misterioso rey-sacerdote que bendice a Abram con pan y vino. Esta figura antigua anticipa a Cristo, el Sumo Sacerdote eterno. Como dice el Salmo 110:
“Tú eres sacerdote eterno, según el orden de Melquisedec.”
Así como Melquisedec ofreció pan y vino, Jesús se ofrece a sí mismo—y por las manos del sacerdote y el corazón de la Iglesia, ese mismo don se coloca en nuestras manos cada vez que venimos al altar.
Alimento para el Camino—Y para el Mundo
Así que hoy te invito a reflexionar:
• ¿Estamos recibiendo la Eucaristía con verdadera fe?
• ¿Estamos permitiendo que transforme nuestro corazón y nuestra vida?
• ¿Estamos siendo enviados—para convertirnos en Eucaristía para los demás?
He visto con mis propios ojos lo que sucede cuando el Cuerpo de Cristo entra en una prisión. No solo llena el estómago—despierta el alma.
Eso es lo que realmente significa esta fiesta de Corpus Christi:
Cristo se entrega, para que nosotros también nos entreguemos.
Vivamos lo que recibimos.
Convirtámonos en lo que comemos.
Porque el mundo todavía tiene hambre—de Cristo, y del amor que solo Él puede dar a través de nosotros.





