Mis hermanas y hermanos en Cristo
Las lecturas de esta semana nos llevan por un camino de discernimiento, unidad e intimidad divina.
Comenzamos en los Hechos de los Apóstoles, donde la Iglesia primitiva enfrenta una gran crisis. Algunos creyentes enseñaban que, a menos que los conversos gentiles siguieran la ley de Moisés—específicamente la circuncisión—no podían salvarse. Esto causó confusión y división.
¿Y qué hizo la Iglesia?
- Escuchó.
- Se reunió.
-Oró.
- Discernió.
Y, guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia hizo una declaración valiente: la salvación es por Cristo solamente, no por costumbres humanas ni por reglas heredadas.
“Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…”
Qué frase tan poderosa. No son solo los apóstoles hablando—es el Espíritu quien habla a través de ellos.
La Iglesia no es meramente una institución humana; es un cuerpo vivo, guiado por el Espíritu.
Y la primera lección de hoy es esta:
Cuando escuchamos con atención, cuando nos reunimos en unidad, cuando damos la bienvenida al Espíritu—Dios nos muestra el camino.
Esta es una lección especialmente importante en nuestro tiempo. A menudo, somos tentados a imponer nuestras propias condiciones sobre quién pertenece a la Iglesia. Trazamos líneas. Construimos barreras. Preguntamos: “¿Son dignos?”
Pero Dios nos recuerda:
La salvación no se gana por conformarse a la cultura. Se recibe como un don—por amor y fe en Jesucristo.
Este tema de escucha y unidad ha cobrado nuevo sentido en las últimas semanas con la elección del Papa León XIV.
Elegido a través de la oración, el discernimiento y el mismo Espíritu Santo que guió a la Iglesia primitiva, el Papa León nos recuerda que la Iglesia sigue siendo guiada no solo por deliberación humana, sino por inspiración divina.
Conocido por su humildad y corazón pastoral, el Papa León ahora pastorea a la Iglesia en un tiempo donde la unidad, la paz y la compasión son más necesarias que nunca.
La segunda lectura, del Libro del Apocalipsis, nos da una visión hermosa:
La nueva Jerusalén, la ciudad santa, descendiendo del cielo. Radiante con la gloria de Dios. Y no es una ciudad cerrada.
Tiene doce puertas, tres a cada lado—abiertas en todas las direcciones.
Su fundamento es apostólico, sí—pero su luz no proviene de la justicia humana, sino del Cordero.
“Cristo es la lámpara.”
Esta Iglesia no se construye sobre la exclusión.
Se construye sobre la acogida radiante, la luz divina y la fe apostólica.
En el Evangelio de hoy, Jesús habla con ternura a sus discípulos:
“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.”
Esta es la segunda lección del día:
Dios no nos pide subir una montaña para encontrarlo. Él viene a nosotros. Él hace su hogar en nosotros.
Cuando amamos, perdonamos, servimos y permanecemos fieles, Él habita en nosotros.
¿Y cuando luchamos?
Nos envía al Espíritu Santo—el Abogado—para enseñarnos, guiarnos y fortalecernos.
Finalmente, Jesús nos ofrece un regalo: “La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo.”
La paz de Cristo no es la ausencia de dificultad,
es la presencia de Dios en medio de ella.
Es una paz arraigada, no en la perfección o el éxito, sino en Su presencia fiel en nosotros.
¿Qué significa esto para nosotros?
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Estamos llamados a ser una Iglesia que escucha—al Espíritu, los unos a los otros y especialmente a quienes se sienten excluidos.
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Debemos resistir la tentación de reducir la fe a reglas, y en su lugar, centrar nuestro corazón en la salvación por gracia.
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Cada acto de amor construye una morada para Dios dentro de nosotros.
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La verdadera paz—la que expulsa el miedo—solo puede venir de Cristo, la Luz del mundo.
Seamos esa ciudad radiante.
Alegrémonos de que Dios no ha elegido imponernos cargas,
sino hacer su morada con nosotros—y en nosotros—para siempre.



